Cómo saber si el uso de pantallas y redes sociales afecta la salud: 8 señales en chicos y adultos

Cómo saber si el uso de pantallas y redes sociales afecta la salud: 8 señales en chicos y adultos
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El acceso a dispositivos electrónicos y a internet se volvió casi universal entre chicos y grandes. En Argentina, el 95% de los menores entre 9 y 17 años cuenta con un celular propio, según el estudio Kids Online Argentina 2025 realizado por UNICEF y UNESCO. En adultos, la presencia del teléfono móvil es igual de extendida y, tanto en niños como en mayores, los especialistas advierten que existen señales claras de que el uso de pantallas y redes sociales puede afectar la salud física y mental.

Expertos consultados coinciden en que el problema no radica solo en la cantidad de horas frente a una pantalla, sino en el impacto que este uso genera en la vida cotidiana.

“Para detectar cuando la tecnología deja de ser un hábito de entretenimiento y se convierte en un problema de salud, es fundamental mirar tanto el comportamiento como los datos locales”, comenzó a explicar el médico psiquiatra infanto juvenil y subjefe del servicio de Salud Mental Pediátrica del Hospital Italiano de Buenos Aires, Andrés Luccisano (MN 122.284).

El 46% de los chicos consultados en el informe de UNICEF y UNESCO percibe un uso problemático con el teléfono, videojuegos o redes sociales.

El contexto digital: cómo las aplicaciones diseñan hábitos

Las aplicaciones y plataformas digitales explotan la imprevisibilidad y la recompensa variable, generando ciclos de búsqueda de estímulos difíciles de interrumpir. “Las aplicaciones están diseñadas para captar, e incluso secuestrar la atención”, apuntan los especialistas, que coinciden en que el desplazamiento infinito y las notificaciones constantes convierten lo que empieza como una consulta rápida en horas frente a la pantalla.

El FOMO (miedo a perderse algo, del inglés Fear of Missing Out), el doomscrolling (deslizar contenido negativo sin fin) y la nomofobia (ansiedad por no tener acceso al móvil) son fenómenos que agravan la relación con la tecnología.

Consultado por este medio, el médico neurólogo y jefe del Departamento de Neurología Cognitiva de INECO, Guido Dorman (MN 144.347), precisó que no todo uso intensivo de la tecnología es una adicción: “Una persona puede pasar muchas horas frente a una pantalla por trabajo y tener una relación perfectamente saludable con la tecnología”.

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Según su mirada, se vuelve problemático cuando aparece pérdida de control: “La persona quiere usarla menos y no puede, lo prioriza sobre otras actividades importantes y continúa utilizándola aun cuando ve consecuencias negativas”.

“La diferencia radica en el tipo de vínculo y la tolerancia al vacío o aburrimiento: estar conectado con amigos produce bienestar, pero cuando no hay un intercambio social activo y surge la incapacidad de tolerar el silencio, la relación con el celular se vuelve dependiente”, observó Luccisano. El teléfono, en la infancia y adolescencia, actúa como “plaza pública”, pero cuando la desconexión genera ansiedad severa o el temor compulsivo a “quedar fuera de todo”, aparece el riesgo.

Señales en niños y adolescentes: qué observar

Luccisano identificó ocho señales principales de que la salud y el bienestar de los chicos están siendo afectados por la sobreexposición a pantallas:

1. Alteraciones del sueño. Dificultad para conciliar el descanso, despertares nocturnos para revisar notificaciones o seguir scrolleando.

2. Irritabilidad y cambios de humor. Ansiedad o enojo desproporcionado cuando se interrumpe el uso o ante la falta de conexión.

3. Pérdida de concentración. Dificultad para sostener la atención en tareas escolares o actividades analógicas.

4. Bajada en el rendimiento escolar. Descenso en las calificaciones o incumplimiento de tareas debido al tiempo dedicado a la pantalla.

5. Escape emocional. Uso del celular como anestésico ante aburrimiento, enojo, tristeza o soledad.

6. Aislamiento. Abandono de actividades físicas, hobbies, lectura o encuentros presenciales. Incluso, muchos dejan de asistir a eventos familiares para permanecer conectados.

7. Pérdida del control del tiempo. Incapacidad de autorregular el uso, pasando horas navegando sin registrar el tiempo.

8. Conexión involuntaria. Ingreso impulsivo a aplicaciones, incluso tras decidir no hacerlo.

El contexto argentino muestra que el 80% de los chicos usa redes sociales a diario y el 83% las utiliza para chatear frecuentemente con amigos, de acuerdo con UNICEF. “No todo uso implica una patología: es el principal canal para construir lazos de pertenencia”, explicó Luccisano. La diferencia está en la tolerancia al aburrimiento y en el tipo de interacción.

La exposición constante a modelos irreales en redes sociales profundiza el impacto sobre la autoestima adolescente. “La comparación social es típica de la adolescencia, pero las redes distorsionaron su escala debido a la exposición frecuente a estándares irreales”, precisó el especialista.

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El 67% de los adolescentes argentinos vio contenidos sobre dietas o cambios de apariencia física, lo que amplifica la vulnerabilidad sobre la imagen corporal en una etapa donde la identidad está en plena construcción.

En cuanto al desarrollo cerebral, Luccisano advirtió: “La corteza prefrontal, responsable de la planificación y el control de los impulsos, está en plena maduración. Las plataformas digitales entrenan la mente para buscar estímulos breves, inmediatos e intensos, en conflicto con los tiempos del aula escolar y la atención profunda”.

Señales en adultos: cuándo el uso se vuelve problemático

El neurólogo Dorman remarcó que la clave no está en la cantidad de horas de pantalla, sino en lo que se deja de hacer por estar conectado. “Algunas señales de alarma son dormir menos por quedarse con el celular, interrumpir permanentemente conversaciones o actividades para revisarlo, perder la capacidad de concentración, abandonar actividad física o hobbies y sentir ansiedad o irritabilidad cuando no se tiene acceso al teléfono”, detalló.

En adultos, las consecuencias físicas más frecuentes incluyen sedentarismo, molestias cervicales y posturales, fatiga visual y alteraciones del sueño. “En lo psicológico, el uso problemático se ha asociado con mayor ansiedad, síntomas depresivos, peor bienestar y dificultades para sostener la atención”, agregó Dorman. Muchas veces se forma un círculo vicioso: “Una persona ansiosa recurre más al celular para distraerse y ese uso excesivo termina interfiriendo con el descanso o aumentando la ansiedad”.

En ese sentido, enumeró que las señales principales en adultos incluyen:

1. Alteraciones del sueño por uso nocturno del celular.

2. Interrupciones constantes de conversaciones o actividades para revisar el móvil.

3. Disminución de la concentración y dificultad para sostener la atención.

4. Sedentarismo y molestias físicas asociadas a posturas inadecuadas.

5. Abandono de actividades recreativas, deportivas o sociales.

6. Ansiedad o irritabilidad si no se puede acceder al dispositivo.

7. Pérdida de control sobre el tiempo de uso.

8. Escape emocional ante el estrés diario.

La relación con el teléfono puede pasar de ser una herramienta útil a convertirse en fuente de ansiedad o adicción. Y si bien las principales clasificaciones internacionales no reconocen la adicción al móvil como diagnóstico independiente, está demostrado que un mal uso interfiere en el bienestar, el sueño y las relaciones personales.

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Estrategias para recuperar el control

El abordaje recomendado por los especialistas no pasa por la prohibición absoluta, sino por la mediación activa y la organización de rutinas saludables. Luccisano recalcó que la prohibición drástica o el retiro punitivo del dispositivo no suele ser efectivo; tiende a desatar respuestas agresivas y mayor aislamiento. “La clave está en pasar del ‘prohibicionismo’ a la mediación activa, estableciendo reglas claras de convivencia digital”, apuntó.

En adultos, Dorman sugirió establecer momentos y lugares sin teléfono: “Durante las comidas, al hacer actividad física, cuando estamos conversando con alguien y, sobre todo, antes de dormir. También sirve desactivar notificaciones innecesarias, sacar las aplicaciones más compulsivas de la pantalla principal y evitar tener el teléfono permanentemente al alcance de la mano. El objetivo es volver a decidir nosotros cuándo utilizarlo, en lugar de responder automáticamente a cada estímulo”.

El ejemplo adulto es clave para los más chicos. “Si los padres utilizan el teléfono durante las conversaciones, en la mesa o antes de descansar, el discurso sobre los límites pierde validez. Los chicos aprenden más del comportamiento que observan en casa que de las normas impuestas”, afirmó Luccisano.

Las recomendaciones para recuperar el equilibrio incluyen también crear zonas y momentos libres de pantallas en familia, proponer actividades físicas, artísticas o de ocio sin dispositivos, y estimular el diálogo sobre el uso de internet y redes sociales. En la escuela, la guía puede venir del uso pedagógico de la tecnología, regulando la presencia de los teléfonos y promoviendo encuentros presenciales.

Evitar el uso problemático de la tecnología no exige prescindir del dispositivo, sino aprender a regularlo y reemplazar algunos momentos de pantalla por actividades que regulan el sistema nervioso: leer, caminar, conversar, ejercitarse o descansar sin estímulos. El reto no es dejar de usar tecnología, sino evitar que desplace experiencias fundamentales para la salud: dormir, moverse, concentrarse y vincularse en persona./Infobae

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