Del hotel al césped: la increíble historia de la bandera de «Las Malvinas son argentinas» que se quedó con la Selección

Del hotel al césped: la increíble historia de la bandera de «Las Malvinas son argentinas» que se quedó con la Selección
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La semifinal de Atlanta fue mucho más que un partido. La Selección Argentina venció 2-1 a Inglaterra y se metió en la final del Mundial 2026, pero la postal que quedó grabada en la memoria colectiva no fue un gol ni una atajada, sino un pedazo de tela blanca, pintada con letras improvisadas, que decía «Las Malvinas son argentinas». La sostuvieron Nicolás Otamendi, Giovani Lo Celso y varios de sus compañeros mientras el Mercedes-Benz Stadium todavía temblaba por el final del agónico encuentro.

Detrás de esa imagen que recorrió portales de todo el mundo hay una historia mucho más artesanal de lo que cualquiera hubiera imaginado, un hincha, una habitación de hotel y una sábana cortada al medio.

Antes de llegar a esa escena, hubo un partido que las tribunas vivieron como una batalla aparte. Desde temprano, miles de argentinos coparon las calles rumbo al banderazo en el centro de Atlanta, bajo una lluvia que no achicó a los hinchas, con un operativo de alto riesgo que incluyó fuerzas federales como el FBI y la DEA y un estadio que repartió su capacidad entre unos 30 mil hinchas albicelestes y 20 mil ingleses.

Adentro, la rivalidad se sintió desde el primer acorde. Cuando sonó el himno de Inglaterra, la parcialidad argentina respondió con el clásico «el que no salta es un inglés» y, apenas terminó, los silbidos envolvieron las tribunas, con jugadores como Declan Rice y Jordan Pickford visiblemente fastidiados.

Después llegó el himno argentino, entonado con una intensidad que la prensa describió entre las más conmovedoras del torneo, en un cruce que arrastraba una historia adversa. Más allá de los catorce enfrentamientos oficiales, en los que Inglaterra se había impuesto en seis y Argentina apenas en tres, los argentinos fueron a ver algo más que un simple partido de fútbol.

El partido se definió con una remontada, Inglaterra se puso en ventaja con el gol de Gordon, pero Argentina lo dio vuelta con los tantos de Enzo Fernández y Lautaro Martínez para sellar el 2 a 1.

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Aunque el director técnico de nuestra selección intentó calmar las aguas, repitiendo una y otra vez “es solo un partido de fútbol”, el sentimiento de reivindicación, por las derrotas anteriores, pero sobretodo por una historia que nos tiene aún como los vencidos, era el clima que reinaba en el estadio de Atlanta.

En ese contexto, adentro del estadio, la escena de la bandera que decía sin vueltas “LAS MALVINAS SON ARGENTINAS”, funcionó como una síntesis emocional de la jornada.

Y su origen tiene nombre propio, aunque su protagonista pidió a PERFIL mantener el apellido en reserva. Pero no se arrepiente de lo que hizo, incluso sabiendo que estaba penalizado por la FIFA. “El orgullo que sentimos ahora no nos lo saca nadie”, sostuvo. Se llama Santiago y es uno de los miles de argentinos que viajaron a Estados Unidos para no perderse el Mundial. Es una persona de bajo perfil hasta con su familia y ni siquiera usa redes sociales, pero la masividad de su acto de rebeldía tuvo un impacto mundial.

La idea de la bandera no nació con anticipación ni con planificación, surgió el mismo día del partido, contagiado por la euforia de la previa. «La hicimos el mismo día del partido, fuimos a un comercio cercano, compramos pintura barata y un pincel por menos de diez dólares», contó a PERFIL.

El resto del proceso fue tan casero como esa primera decisión. Sin una tela a mano, Santiago y su grupo recurrieron a lo único disponible, la ropa de cama de la habitación del hotel. «Volvimos al hotel, agarramos la sábana de la cama, la cortamos a la mitad, la tiramos al piso y la pintamos», relató. “Usamos pintura y un pincel que compramos cerca del hotel por muy pocos dólares”, completó.

No era solamente un gesto de aliento futbolero, la intención era más amplia: la de instalar un mensaje que trascendiera a los argentinos y llegara también al resto del mundo, en medio de un partido cargado de un simbolismo que excedía lo deportivo. “Los comentarios que se fueron dando últimamente durante el Mundial, de gente de afuera son dolorosos, hablando mal de nosotros y que merecíamos perder como ‘perdimos’ las islas, es intolerable”, le dijo Santiago a este medio.

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El verdadero desafío llegó en el ingreso al estadio. Los operativos de seguridad para el partido eran, según fuentes oficiales, de los más estrictos del Mundial, y existía además un lineamiento puntual de evitar el ingreso de mensajes o elementos que remitieran al conflicto de 1982. Frente a ese escenario, Santiago improvisó una estrategia tan arriesgada como efectiva, doblar la bandera lo más que pudo y esconderla en sus pantalones para sortear los controles. La maniobra funcionó y la tela logró entrar al estadio sin ser detectada.

La bandera permaneció oculta durante los noventa minutos, esperando el momento indicado. Cuando el árbitro decretó el final y la victoria argentina quedó sellada, Santiago no dudó y la desplegó frente a la cancha, a metros de donde los jugadores se acercaban a saludar a los hinchas.

Ahí se produjo la cadena que terminó de escribir la historia. «Cuando vi a Montiel, se la tiré y la agarró. Se la pasó a Lo Celso, que fue el primero que la mostró», recordó Santiago. En cuestión de segundos, varios futbolistas se sumaron a sostener la bandera y la mostraron ante las cámaras y ante una tribuna que estalló en euforia.

Ese instante superó cualquier expectativa. «Cuando vi que Lo Celso la abrió y sus compañeros la tenían en la cancha, sentí una alegría que no puedo explicar en palabras. Cómo un pedazo de sábana podía significar tanto para todos los argentinos», contó, todavía sorprendido por el alcance que tomó la imagen. «Fue una locura, nunca imaginé que iba esa bandera a dar la vuelta al mundo por una simple idea loca que tuvimos en el hotel», agregó.

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Pese a que las tribunas no estaban divididas por sectores y a que la convivencia entre hinchadas rivales generó roces en otros puntos de la ciudad, Santiago aseguró que en su sector no hubo inconvenientes: «Por suerte no hubo problemas porque la mayoría éramos todos argentinos los que estábamos atrás del arco”.

El sueño de ver la bandera desplegada sobre el césped se cumplió incluso antes de que pudiera imaginarlo, pero el final de la historia todavía está abierto. El creador del que ya es uno de los símbolos de este Mundial, contó a este medio que tiene la misión de recuperarla. Junto con su novia, Tamara, intentaron ponerse en contacto con el plantel de la Selección, lograron dar con el “Chiqui” Tapia, quien les hizo llegar que “los chicos no quieren devolverla”.

La historia no termina en Atlanta. Santiago ya tiene entrada para la final de este domingo ante España, a las 16, y asegura que no se perdió un solo partido de Argentina en todo el Mundial.

Sin embargo, aclaró que no repetirá la hazaña, no habrá una nueva bandera especial para la definición. En su lugar, llevará otro símbolo que ya lo acompaña desde antes del torneo. «Ya tengo entrada y fui a todos los partidos, pero no voy a hacer otra bandera. Tengo la mía del Gauchito Gil y ojalá nos pueda ayudar a ganar la cuarta estrella», cerró.

Entre el fervor de un banderazo bajo la lluvia, un himno silbado con bronca y una sábana de hotel convertida en símbolo, Atlanta dejó una postal que resume el modo en que una parte del hincha argentino vive los mundiales, con improvisación, con pasión desmedida y con una capacidad casi artesanal para convertir cualquier objeto cotidiano en un ícono./Perfil

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